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El límite de Dios.

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Enviado el 20-ago-2015 a las 20:58 por Quim

Me pasa con las personas: Las conozco e, inmediatamente, inconscientemente, me hago un plano mental de cómo creo que son. Su apariencia, conversación y otros signos externos me dan pistas. Eso que se forma en mi cabeza es tan solo un muy inexacto esbozo de personalidad, claro, con los riesgos anejos de equivocarme porque está hecho a bote pronto, pero según las conclusiones a las que ese esbozo me dirijan, la relación puede profundizar o no. Si ya, de entrada, veo que detesta a gente de otras razas, o a los extranjeros y lleva una esvástica tatuada en el pecho a todo color negro, o es un misógino, o un misántropo, o no siente respeto alguno por la naturaleza, o por los mayores, nuestra relación, seguramente, no será demasiado estrecha.
Pero si, por el contrario, descubro que tenemos intereses comunes, aficiones o, sencillamente, que cuando conversamos se nos pasa el tiempo volando y nos sentimos a gusto haciéndolo, quizás lleguemos a ser algún día algo más que, simplemente, "conocidos".
En ese caso, pasado un tiempo y según vamos profundizando en nuestro conocimiento mutuo, vamos descubriendo cosas el uno del otro que antes no aparecían en el menú. Lo que de esa persona me llamó la atención en un primer momento pasa a un segundo o tercer plano. Resulta que eso solo era el principio. Resulta que es mejor de lo que yo creía. Tan bueno que sus defectos, si los tiene, que seguramente los tendrá, quedan eclipsados. Es como en el matrimonio. Te casas con una mujer (en el caso de un varón a la antigua usanza) a la que amas y admiras. La mañana después de la noche de bodas es cuando la ves por primera vez sin maquillar, despeinada (cuanto más despeinada mejor, je, je) y con los ojos semicerrados a causa del sueño. ¡En los próximos años vas a descubrir muchas cosas que no sabías de tu mujer, amigo! (Y ni te cuento las que va a descubrir ella de tí, mi príncipe azul...). Pues es lo mismo, pero sin noche de bodas.
Oye, ¿Y si aplico ésto a lo espiritual? ¿Y si lo aplico a la más alta relación a la que puedo aspirar? ¿Qué tal si aplico ésto a mi relación con Dios?

Cuando lo conocí me llevé una sorpresa, porque resulta que ya conocía mi nombre pero, aparte de eso, veo que nuestra relación es como la que puedo mantener con cualquiera, aunque con alguna que otra pequeña diferencia. Con el presunto príncipe azul puedo llegar a pasármelo bien, igual que con Dios; puedo llegar a compartirlo todo, igual que con Dios; podemos llegar a ser tan, pero tan amigos, que no nos ocultemos nada, que seamos transparentes el uno con el otro, igual que con Dios. Por desgracia, y aquí está la diferencia, con el príncipe puede darse el caso de que uno u otro nos sintamos defraudados en algún momento, al contrario que con Dios. Por eso mi relación con Dios es la relación más alta que puedo tener, porque es la más segura. Y conforme nos vamos conociendo (aunque él ya me conoce), vamos estrechando el círculo. Me voy dando cuenta de que las cosas que en un principio me llamaban la atención de mi amigo, resulta que eran sólo el principio. Que hay más.

Recuerdo vagamente mis días en la escuela dominical. Recuerdo entre brumas la admiración que sentía por Sansón, el juez de Israel. Cómo, siendo niño, me gustaba oír el relato de cuando cargó con las puertas de la ciudad sobre sus hombros, o como causó estragos con una quijada de asno... Tiempo después, recuerdo la emoción reverente que sentía cada vez que me imaginaba a mí mismo enfrente del mar Rojo, siendo testigo de su apertura... Un poco más mayor, recuerdo sentir, y aun hoy, una tierna empatía al imaginar lo que debería sentir Jairo al ver a su hija viva, o a Bartimeo instantes después de recibir la vista, o el estremecimiento de los que rodeaban la tumba de Lázaro al ver como salía de ella después de tres días... ¡Tanto poder a favor del hombre! ¡Dios mismo derramándolo entre nosotros! ¡Pero que Dios tan grande tenemos!

Me he hecho mayor. Me doy cuenta de esta inevitable circunstancia cuando me llaman de usted, o cuando me ceden el asiento en el autobús. (Y encima ¡lo agradezco!) Ya no puedo hacer tan fácilmente cosas que antes me salían sin esfuerzo, síntoma inequívoco de que mi cuerpo se va desgastando. Y veo que durante este tiempo mi relación con Dios ha experimentado también cierta metamorfosis. No digo que lo conozca plenamente, que eso es un tanto complejo de alcanzar, pero sí que lo conozco más de lo que lo conocía ayer. Y las cosas que en un principio me llamaron la atención ya no me la llaman tanto. ¿Abrir el mar? ¿Maldecir a una higuera? ¿Derrumbar las murallas de Jericó? ¿Resucitar a un muerto? Menudencias.
¿Qué gran mérito tiene abrir el mar si el que lo abre es el mismo que lo creó? ¿Maldecir una higuera? Por favor, si es el que, simplemente diciéndolo, la hizo existir... ¿Derrumbar murallas, el que conformó el cosmos? ¿Resucitar a un muerto, el dador de la vida?

-Lo siento, pero ya no me impresionan estas cosas. Te conozco lo suficiente como para saber que todo esto no supone ningún reto para tí. No tienes que esforzarte demasiado para hacer lo que, desde mi limitado punto de vista humano, muchas veces he calificado de "maravillas". ¿Sabes?, creo que es culpa tuya. Tú querías tener comunión conmigo, hacerme saber tus secretos, descubrirme tu corazón y no ocultarme nada y, al empezar a hacerlo, te he llegado a conocer lo suficiente como para que esas cosas dejen de impresionarme. Y es que a tí te cuesta menos sostener el firmamento en su sitio que lo que a mí me cuesta lavarme los dientes por la mañana. ¡Trabajas con la ley del mínimo esfuerzo! Ante el sonido de tu voz, la creación entera se doblega, así que no me impresiona que puedas sanar a diez leprosos. Ni aunque fueran once.
Y pasa el tiempo... Converso con mi amigo, le cuento mis cosillas y él, paciente hasta más no poder, me escucha atentamente y me aconseja el camino a seguir cuando éste se bifurca o se vuelve abrupto. Pero de vez en cuando, en momentos en los que veo fehacientemente su sabiduría y su favor para conmigo le recuerdo, bromeando, que no me impresiona, que tendrá que hacerlo un poco mejor para conseguirlo. Tengo ganas de verle hacer algo que le exija esfuerzo. ¿Existirá algo que lo requiera? ¿Existirá una tarea tan difícil como para que el Todopoderoso tenga que poner toda la carne en el asador?

El tiempo, ese gran maestro, me demuestra que, efectivamente, hay algo que requiere un gran esfuerzo por parte de Dios: Entregar a su Hijo.
No fue fácil. No fue grato. Requirió mucho más de lo que fue necesario para interrumpir el curso del Jordán. Infinitamente más difícil que hacer que una virgen conciba. Tan difícil que tuvo que darlo todo. TODO. (Del original hebreo "כל", que significa: "todo").
Si soy capaz, que lo soy, de conmoverme al ver las imágenes de madres en campos de refugiados sosteniendo a hijos moribundos, capaz de ponerme en su piel, aunque solo sea un poquito y si soy incapaz, que lo soy, de contener las lágrimas cuando veo tanta miseria y dolor, tanta locura, injusticia, muerte, y trato de ponerme en la piel, aunque solo sea un poquito, del Padre que envió a sufrir todo eso a su propio hijo porque era la única manera posible de que YO pudiera vivir, seré también capaz de hacerme una idea aproximada de lo que le supuso. Entonces no puedo por menos que reconocer que sí, que Dios se esforzó. Hasta su límite. Y por amor a mí.

-Vaya, pues resulta que, a fin de cuentas, sí que eres capaz de impresionarme. Y mucho. ¿Seguimos conversando, por favor?
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